En el corazón de Madrid, en la calle Santiago de Compostela, se encontraba un icónico bar conocido como 'El Receso'. Durante muchos años, este establecimiento no solo ofrecía cafés; se había convertido en un espacio donde se tejían historias y estrategias en torno a la justicia. Situado a pocos pasos de la Audiencia Provincial, el bar fungía como una especie de sala de preparación, un punto de encuentro no oficial para los actores del sistema judicial que buscaban coordinarse antes de entrar a sala.
A las ocho y media de la mañana, 'El Receso' ya despertaba y se llenaba de vida, antes incluso de que las puertas de la Audiencia se abrieran. El aroma del café y el murmullo de las conversaciones animaban el ambiente mientras los camareros servían desayunos, destacándose su famosa bollería. Las mesas altas eran el epicentro de intercambios entre abogados, jueces y otros profesionales, todos sumidos en la planificación de lo que enfrentarían ese día en el juzgado.
Los abogados en su rincón repasaban las tácticas con los clientes, mientras magistrados discutían los casos del día. Era un escenario peculiar donde el mismo grupo de profesionales se reunía, pero con variaciones en los clientes que entraban y salían, reflejando las dinámicas cambiantes de la justicia.
Los conversatorios en 'El Receso' solían mezclar lo profesional con lo personal. Allí se alcanzaban acuerdos, se compartían opiniones sobre sentencias y se contaban anécdotas que jamás se registrarían en un acta judicial. No era raro ver a jueces charlando relajadamente con colegas en las primeras horas de la jornada, ni a funcionarios y ciudadanos que, más tarde en el día, podrían ser parte de un jurado popular en diferentes juicios.
El bar también se había convertido en el punto de encuentro de los periodistas que cubrían noticias judiciales. Sus amplias ventanas permitían a los reporteros captar información de los abogados, testigos o implicados en casos de alto perfil.
Desafortunadamente, poco antes de la temporada navideña, 'El Receso' cerró sus puertas de manera definitiva. Los arrendatarios no pudieron soportar el aumento del alquiler, un reflejo de la presión inmobiliaria que ha afectado a tantos negocios en la capital, cerrando así un capítulo significativo en la historia de la vida judicial madrileña.
La clausura de este bar dejó un vacío en el número 94 de la calle Santiago de Compostela que va más allá de la mera falta de un establecimiento; se trata de la pérdida de un espacio que almacenaba memorias colectivas y vivencias compartidas por todos los que pisaban su suelo.
Juan Gonzalo Ospina, destacado abogado penalista de la ciudad, evoca cómo logró un acuerdo durante un juicio por estafa justo en ese bar. Recuerda que, en su ingenuidad, habló con su cliente en una mesa cercana al abogado contrario, quien escuchó todo. Al terminar, le ofreció un acuerdo a cambio de retirar la acusación, evitando una pena de más de cinco años de prisión.
Un magistrado de la Audiencia ha revelado que en ocasiones, los juicios se han visto interrumpidos porque las partes no firmaron los documentos al final. En tales casos, no fue raro que se enviara a un agente judicial a buscar a los involucrados en el bar para que completaran el trámite.
Hoy, con las persianas bajadas, se apaga también un escenario fundamental de la vida cotidiana en esta sede judicial, que, albergando un alto volumen de litigios, marca a Madrid como una de las comunidades autónomas con mayor litigiosidad en España.
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